Valorar a un grupo de homenaje es complicado. Siempre suelen tener el aval de sus originales, siendo el aval una respuesta afirmativa a una pregunta retórica (¿A que vuestros conciertos hace 30 años eran así?). Con The Australian Pink Floyd Show (TAPFS) esto es distinto, no a todas las bandas se les presenta la oportunidad de ser contratadas para la fiesta de cumpleaños de uno de sus ídolos, ni son invitadas a tocar junto a la banda madre. Eso es más que un aval, es toda una garantía.

 

 

La velada tenía como título The Wall en concierto en toda su extensión, con lo que el setlist estaba aclarado y grabado a fuego en la cabeza de muchos de los presentes. Pink Floyd siempre fueron complejos y en este disco alcanzaron su máximo nivel de complejidad, tanto musicalmente como en directo. Tras esta muralla hay una historia conceptual muy confusa para el recién llegado y una de las escenografías más ambiciosas de la historia del rock. El muro australiano ha empezado a contruirse ladrillo a ladrillo, pasen y vean.

 

 

Poco tiempo hace falta para que las butacas tiemblen por el volumen de la música y llegan los primeros vítores, silbidos y aplausos. La euforia de algunos es incontenible y saltan sin moverse de su sitio. La recreación musical es más que digna, con mención especial para el guitarrista Damian Darlington, que se muestra sutil o atronador cuando la ocasión lo requiere. Suyos fueron los mejores momentos de la noche, con la intepretación de Young lust y el legendario solo final de Comfortably numb, que consiguió levantar de sus asientos a todo el auditorio. En general, el enfoque que toman del disco es el más sinfónico y majestuoso, en contraposición a otras posturas más rock.

 

 

Sin la locura de presupuesto del montaje original (Hubo que esperar a la edición del DVD de la película para recuperar las pérdidas), TAPFS utiliza varios elementos que funcionan muy bien y engrandecen el resultado global. La pantalla muestra animaciones basadas en la película, eso sí, con múltiples referencias y detalles aussies: los martillos se convierten en canguros, en la habitación del hotel hay un cuadro de Sidney, etc.

 

 

Para la segunda parte del recital, que coincide con el segundo vinilo, se añaden lásers y luces estroboscópicas, que animan un material musical de menor intensidad que el de la primera mitad. Una vez el muro ha caído, la traca final consiste en repasar algunos éxitos como Time o The great gig in the sky, con homenaje incluido al fallecido Richard Wright. Todo ello bajo la imagen de la célebre portada de Dark side of the moon, en esta ocasión con un prisma con la forma de Australia.

 

 

Con la ya mencionada desaparición del teclista original, la posibilidad de reunión (muy cercana, según algunas fuentes) de Pink Floyd se terminó para siempre, pero cuando nos visiten estos australianos volveremos a escuchar su música junto con el apoyo visual que les era tan característico.

 

Crónica realizada por: Pointer
Fotos cortesía de Ricardo Zubelzu